Colonias Centenarias: La evolución de los barrios que formaron la Ciudad de México

Escrito por: José Luis Pineda Maldonado
En el marco del Ciclo de Conferencias sobre las Colonias Centenarias de la Ciudad de México 2026, en alianza con la Casa del Tiempo UAM, el Colegio de Cronistas de la Ciudad de México y Fundarqmx.

Ponentes:
Colonia San Juan Tlihuaca, Pablo Moctezuma
Colonia Club de Golf / Country Club, Carlos Villasana
Colonia Estrella, Sócrates Vera
Colonia Industrial, María Bustamante Harfush
Colonia Portales, Beatriz Ramírez González
A través del tiempo, la Ciudad de México ha sufrido grandes cambios que podemos ver al analizar su colonias. Al recorrer sus calles, olvidamos que la ciudad actual fue un gran conjunto de haciendas y ríos. Sin embargo, las Colonias Centenarias siguen firmes como archivos habitables de nuestra vasta historia urbana.
En este artículo planteamos una idea clara: estos viejos barrios no son simples calles trazadas al azar, son las bases sociales y arquitectónicas que permitieron durante el siglo pasado el paso de un país rural a una urbe desarrollada.
A través de colonias como la Estrella, Industrial y Portales, analizaremos cómo la planeación y la vida vecinal se fusionaron. Estos espacios forjaron las costumbres de la clase trabajadora. Conozcamos cómo estas comunidades populares crearon la esencia de la capital del siglo XX.
Al inicio del siglo XX, la capital mexicana tuvo un crecimiento acelerado. Así nació la Colonia Industrial, que recién celebró cien años. Sus lotes que antes pertenecían a la hacienda Ahuehuetes, se ofrecieron en 1926 por empresarios como Alberto J. Pani.
Proyectada para familias trabajadoras, hacia 1960 el número de fábricas vecinas rozó las 9,000. Ofrecieron créditos hipotecarios accesibles de 60 mensualidades pagando 14 pesos. Su triunfo se debe a que estaba junto al gran ferrocarril de la Villa, el cual operaba hasta 40 trenes de pasajeros diariamente.
Sus calles hicieron uso de conceptos europeos como la traza urbana reticular (diseño de calles en forma de cuadrícula con manzanas rectangulares perfectamente alineadas) similar a la de Barcelona. En esta traza urbana de la Colonia Industrial las esquinas de las calles son cortadas a 45 grados, en un estilo conocido como pan coupé (corte diagonal en las esquinas de las calles para mejorar la visibilidad vial), este corte brindaba un mejor ángulo de visión a los primeros autos. Esto originó curiosas casas en las esquinas donde se aprecian hasta tres fachadas diferentes de una sola casa.
La Colonia Industrial tomó una apariencia bastante ecléctica (que combina elementos y rasgos de diferentes épocas y tendencias) al presentar diferentes estilos arquitectónicos. Encontraremos casas con influencia del Art Decó (estilo arquitectónico basado en volumetría simétrica, líneas rectas y ornamentación estilizada industrial) diseños neobarroco (corriente historicista caracterizada por el uso de ornamentos) y algunas con diseños más funcionalistas (estilo arquitectónico del edificio obedece estrictamente a su utilidad práctica). Según sus habitantes actuales la Colonia Industrial conserva su ambiente tranquilo.

Dentro de esta colonia también encontraremos una escuela que fue diseñada por el arquitecto Juan O´Gorman. Dicha escuela fue parte de un plan de desarrollo que incluía hacer 25 escuelas por 1 millón de pesos de la época y añadiendo arte a la educación convenciendo a pintores como Pablo O'Higgins de pintar coloridos murales que representaban la fuerza laboral obrera en los muros de las escaleras. Logrando esto con un estilo funcionalista y marcando un antes y un después en cómo se verían las escuelas públicas en México.
La Colonia Estrella que se encuentra en seguida de la Colonia Industrial nos puede contar otra interesante etapa histórica. Antes de que Concepción Rubio dividiera sus terrenos en 1935, el lugar arrojó hallazgos paleontológicos notables. Excavando la tierra, descubrieron la enorme pelvis de un perezoso gigante . Dicha reliquia animal se expone de forma permanente en el Museo de Geología de la UNAM.
Anteriormente sus predios ganaron fama por los Baños de Aragón. Abiertos en 1875 sobre la Calzada de Guadalupe, se decía que sus aguas eran benéficas debido a los minerales que contenían. En 1907, la perforación de un pozo desató un impresionante chorro de agua que fluyó durante meses alcanzando una altura de hasta 44 metros. Además, se instalaron torres para exploraciones petroleras entre 1902 y 1928.

Con el paso de las décadas, la Estrella acogió figuras icónicas. En sus calles vivieron toreros, boxeadores y músicos reconocidos. El principal centro de convivencia fue el Parque María Teresa, conocido como parque de "Los Cocodrilos". Albergaba un chapoteadero que formaba parte del equipamiento con el que se promocionaría esta colonia, décadas después sería reemplazado por una fuente semicircular.
Por su parte, la Colonia Portales que se encuentra al sur mantenía una fisonomía muy campestre. Se originó tras lotificar terrenos de la inmensa Hacienda de Nuestra Señora de la Soledad de los Portales. Familiares de los Cravioto y Herbert P. Lewis vendieron formalmente las parcelas residenciales en 1916.
Quienes comenzaron a habitar la colonia en 1935 recuerdan vívidamente sus paisajes rurales. La Calzada de Tlalpan era una brecha terregosa junto a un riachuelo, rodeada de milpas. Era posible adquirir uno de los predios pagando la cantidad de dos pesos el metro, disfrutando bellas vistas despejadas de los volcanes.
Para enfrentar la falta de redes hidráulicas, idearon prácticas memorables. Pipas llenaban contenedores de lámina y cada hogar acarreaba sus provisiones en cubetas. Utilizaban el "aguantador", una fuerte vara cruzada sobre la nuca que ayudaba a nivelar las cubetas transportadas.
El bajo flujo de automóviles invitaba a jugar plácidamente sobre las calles de esta colonia. Las infancias colgaban redes de voleibol amarradas a los árboles que permanecían instaladas toda la semana. Cuando se aproximaba un vehículo repartidor, elevaban la red y continuaban su interminable juego vespertino.
En aguas estancadas se podía recolectar "chichicastle" en abundancia, una diminuta planta acuática silvestre parecida a las lentejas, pero de color verde. Los habitantes cuidaban a la fauna barrial usando estas finas hojitas verdes para alimentar diariamente a los incontables patos de la zona.
Este ambiente motivó oficios entrañables y muy pintorescos. Destacaba la figura del señor de los "Helados de pato". Empujaba un carro adornado con una escultura con forma de pato hecha de madera, dentro ocultaba una corneta. Al presionar, replicaba el graznido de un pato que alborotaba de felicidad a los menores.
La Colonia Portales abrazó un espíritu mercantil muy particular. La vida vecinal giraba en torno a mercados populares. Su primer tianguis techado con madera quedó reducido a cenizas por un incendio. Para sustituirlo inauguraron el mercado de San Simón, repleto de piezas de plomería especializada y concurridos locales de jugos que servían inmensos cócteles frutales.
También existe el pintoresco tianguis de antigüedades operando cada mañana. Sus improvisados puestos comerciales exhiben antiguas planchas de hierro, discos viejos, pinturas polvorientas y libros usados. En este mercado callejero los objetos desechados encuentran nuevamente un hogar.
Las calles adoptaban un marcado tono festivo alrededor de las pulquerías. Resaltaban los locales de "El Charrito", "Los tres quintos" y la inolvidable "Voy de nuevo". En pleno auge del crecimiento de la colonia y sus construcciones, los vecinos afirmaban bromeando que resultaba más fácil tropezar con expendios de pulque que matricularse en escuelas.
Es aquí donde el brillante escritor Carlos Monsiváis, vecino distinguido de Portales, plasmó su identidad. Sus ensayos crónicos retratan al barrio muy objetivamente, alejándose de estereotipos marginados o lujos burgueses. Demostró que esta colonia era el mayor refugio urbano donde descansaba tranquilamente la clase trabajadora capitalina.
En sus textos, Monsiváis describió este entorno como un territorio donde las casas de fachada austera conviven de manera natural con talleres mecánicos, farmacias de barrio y taquerías que desafían el colesterol. Observó que este peculiar paisaje urbano y comercial forjó la identidad de quienes lo habitan. Por su agudo entendimiento de esta cultura popular y su arraigo como vecino de la colonia, la Asociación de Cronistas de la Ciudad de México organizó un merecido homenaje en su honor dentro de las icónicas instalaciones del California Dancing Club.
También en el sur encontraremos la Colonia Country Club, que representa un modelo urbano completamente distinto al del resto de la capital. Su origen se remonta a 1906 con la creación del Mexico City Country Club. A diferencia de los barrios obreros, este fraccionamiento nació como un exclusivo proyecto inmobiliario impulsado por la Compañía de Terrenos del Country Club. Su objetivo era atraer a las familias acomodadas.
La arquitectura del lugar marcó el inicio de una nueva época en el país. Las construcciones abandonaron el estilo afrancesado del Porfiriato para adoptar los nacientes estilos neocolonial y colonial californiano. Las viviendas se diseñaron con jardines frontales, cubiertas inclinadas y grandes pórticos. Esto instauró en la capital el tradicional modelo del suburbio estadounidense, donde la casa se separa de la banqueta para priorizar la privacidad.
Para consolidar este fraccionamiento, la movilidad jugó un papel fundamental. Se instaló una parada de la ruta del tranvía sobre la Calzada de Tlalpan que conectaba directamente la entrada del club con el centro de la ciudad. Esta conectividad atrajo a más residentes, impulsando el desarrollo ordenado de zonas vecinas.
En la década de 1940, la colonia sumó una gran relevancia cultural a su valor arquitectónico. La construcción de los Estudios Churubusco a unos cuantos metros transformó la dinámica diaria del barrio. Sus calles se convirtieron en escenarios de diferentes películas, haciendo común ver a los actores de la Época de Oro del cine mexicano en los alrededores de la colonia de la Época de Oro del cine mexicano. Hoy, recorrer el Country Club es observar un patrimonio urbano excepcionalmente bien conservado.
Las Colonias Centenarias de la capital son mucho más que calles pavimentadas o casas bonitas que nos dan nostalgia. Constituyen el mejor ejemplo de una sociedad fuerte que construyó su ciudad. Desde los diseños tan diversos de la Industrial hasta el dinámico ambiente comercial de Portales, estos lugares se vuelven sumamente valiosos, pues resguardan una profunda identidad.
Estas crónicas nos confirman que el diseño de cada calle moldea la manera en que nos relacionamos. Después de todo, los edificios, las calles y las casas son únicamente estructuras físicas o escenarios vacíos hasta que las personas llegan a habitarlos. Son los vecinos quienes, con su día a día, sus oficios y su forma de convivir, le dan verdadera identidad a la arquitectura del lugar. Entre tantas nuevas edificaciones sin carácter ni estilo propio, es esencial proteger la enriquecedora historia compartida de nuestras colonias más entrañables y maravillosas.
Recordar y apreciar la historia de nuestras colonias asegura que conservemos esas tradiciones comunitarias que logran unirnos. Caminar hoy por las banquetas de concreto equivale a leer un relato histórico colectivo. Tenemos el compromiso de preservar todas estas memorias para compartirlas de manera entusiasta con las futuras familias de nuestra ciudad.
Referencias:
Ciclo de Conferencias: Colonias Centenarias de la Ciudad de México






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