top of page

Composición Arquitectónica (Architecturae Compositio)

  • Foto del escritor: FundarqMx
    FundarqMx
  • 11 feb
  • 5 Min. de lectura

Por: Jesús Tovar, Coedición: Arantza Briffault


Componer como forma de enseñar


El valor de cualquier obra de arquitectura radica en su concepto. La esencia de un proyecto se encuentra en la idea, o en el conjunto de ideas, que le confieren coherencia, emoción y sentido. Ninguna obra surge del azar; toda buena arquitectura es producto de la experiencia, la sensibilidad y la intención del arquitecto. Un proyecto no debe ser arbitrario: debe tener alma.


Hablar de composición arquitectónica es hablar del núcleo mismo de la enseñanza en arquitectura. Diseñar puede entenderse como resolver, pero componer implica comprender. La composición busca armonía, ritmo y proporción, pero también busca significado. En ese proceso, el arquitecto no solo construye edificios: se construye a sí mismo. Ningún contratista o empresario puede sustituir ese proceso formativo que une técnica, arte y espíritu.


Etimológicamente, “componer” proviene del latín componĕre… poner juntas varias cosas para formar un todo. En la enseñanza de la arquitectura, este acto es doble: el estudiante aprende a unir materiales, formas y espacios, pero también ideas, emociones y vivencias. Componer es, en última instancia, una manera de ordenar el mundo exterior mientras se ordena el interior.


Como Mozart componía melodías para emocionar al alma, el arquitecto compone espacios que buscan provocar una emoción profunda. Y, del mismo modo que el músico estudia escalas antes de improvisar, el arquitecto aprende métodos antes de crear. La enseñanza de la composición no consiste en imponer recetas, sino en despertar la capacidad de imaginar con estructura y libertad a la vez.


Componer no es copiar ni adornar: es descubrir. En tiempos de imágenes instantáneas y arquitecturas de moda, la autenticidad se vuelve un acto de resistencia. El arquitecto debe aprender a nutrirse de la tradición, pero también a encontrar su propia voz. En nuestro estudio, dibujar a mano es una práctica que conserva ese vínculo con lo esencial: el trazo como pensamiento. La línea como forma de aprendizaje.


Ilustración por Ximena Fernández Hidalgo. Equipo FUNDARQMX.
Ilustración por Ximena Fernández Hidalgo. Equipo FUNDARQMX.

La arquitectura como sueño y como método


Soñar la arquitectura no es un acto romántico; es una herramienta pedagógica. Todo proceso creativo nace de la imaginación, y todo aprendizaje profundo exige la capacidad de imaginar. Por eso, en la formación del arquitecto, soñar no es evadirse, sino preparar el terreno para construir con sentido.


Cada proyecto comienza con una lluvia de ideas, palabras, memorias y sensaciones que emergen del interior. Enseñar a los alumnos a escuchar esa voz, esa intuición que se esconde entre lo aprendido, es enseñarles a proyectar desde la conciencia. “No me enseñes planos de la casa, platícamela”: el proyecto empieza cuando el estudiante es capaz de narrar su espacio, de sentirlo antes de medirlo.


Componer también puede hacerse con palabras. Escribir sobre la arquitectura es otro modo de dibujarla. Redactar un texto sobre un proyecto es obligarse a pensarlo de manera estructurada y sensible, a traducir en lenguaje lo que aún no existe. En el aula, escribir puede ser tan formativo como construir una maqueta.


En ese proceso, la metodología propuesta por María Luisa Puggioni sigue siendo una guía luminosa: un método que no anula la creatividad, sino que la orienta. Enseñar a crear implica ofrecer un camino, pero también permitir que cada estudiante trace el suyo. La educación arquitectónica es una invitación constante a la autonomía: a aprender de los métodos existentes y a reinventarlos con madurez.


Ilustración por Ximena Fernández Hidalgo. Equipo FUNDARQMX.
Ilustración por Ximena Fernández Hidalgo. Equipo FUNDARQMX.

La metáfora del pastel de chocolate: aprender haciendo


Diseñar arquitectura se parece a preparar un pastel de chocolate. Cada arquitecto tiene su receta, su método y su gusto particular. En la enseñanza, esta metáfora es una lección esencial: no hay fórmulas universales, pero sí principios que deben respetarse. La experiencia se adquiere “echando a perder”, y esa es precisamente la esencia del aprendizaje creativo.

Copiar una receta puede dar un resultado aceptable, pero nunca memorable. El arquitecto, como el buen cocinero, aprende a equilibrar proporciones, a arriesgar y a perfeccionar. La enseñanza debe fomentar esa búsqueda, no el conformismo.


La composición arquitectónica, entendida así, es un proceso de mejora continua. Con el tiempo, los errores se transforman en criterio, la técnica en intuición y el hacer en sabiduría. Enseñar arquitectura es acompañar al estudiante en ese tránsito, guiándolo a través de la práctica hasta que pueda reconocerse en su propia obra.


Luis Barragán: el maestro como ejemplo


En la pedagogía arquitectónica, los grandes maestros son los que enseñan sin hablar de enseñanza. Luis Barragán es uno de ellos. Su taller era un laboratorio de ideas donde el proceso tenía tanta importancia como el resultado.


Barragán no esperaba la inspiración, la cultivaba. Comenzaba cada proyecto con conversaciones profundas con el cliente para entender su vida, su carácter, sus sueños. Solo al ponerse “en su traje” podía diseñar una arquitectura verdaderamente humana.


Luego venía la etapa del caos creativo, donde los croquis eran rechazados una y otra vez hasta alcanzar la claridad. Barragán enseñaba con la paciencia de quien entiende que crear es también depurar. En su taller, los arquitectos jóvenes aprendían no solo a proyectar, sino a trabajar en equipo, a sostener una idea y a respetar la evolución del proceso.


Su método combinaba razón y poesía. Decía que cada obra pide su color, y ese color lo definía cuando el edificio ya respiraba bajo la luz natural. Observaba, sentía y decidía. Así enseñaba que la arquitectura no se impone: se revela.


Barragán no formó alumnos en el sentido académico, pero sí formó discípulos en la manera más profunda: enseñó que el conocimiento arquitectónico es una forma de crecimiento personal.


Casa Giraldi. Ilustración por Ximena Fernández Hidalgo. Equipo FUNDARQMX.
Casa Giraldi. Ilustración por Ximena Fernández Hidalgo. Equipo FUNDARQMX.

Tovarendón+Arquitectos: el oficio como escuela


En nuestro estudio, seguimos esa misma convicción. Soñamos la arquitectura, pero también la trabajamos con método. A veces el proyecto nace en una conversación, a veces en un croquis, a veces en el silencio frente a una pantalla. Lo importante es que conserve su intención inicial: la búsqueda de sentido.


Cada encargo comienza con una idea rectora, un gesto, una intuición que guía el proceso. Aplicamos cuestionarios a los clientes para comprender su forma de vivir, porque proyectar no es imponer sino interpretar. A partir de ahí, el proyecto crece de manera orgánica, como si se fuera descubriendo a sí mismo.


Enseñar a nuestros colaboradores a pensar así es parte del oficio. Cada detalle, cada decisión es una oportunidad para formar criterio. La composición, como el juego, se aprende jugando: moviendo piezas, probando combinaciones, entendiendo que cada error revela un nuevo acierto.


La enseñanza de la creatividad: formar seres completos


La enseñanza de la arquitectura no debería limitarse a formar técnicos ni diseñadores, sino personas capaces de pensar, sentir y construir con integridad. La creatividad, entendida como crecimiento, es un estado de completud: un equilibrio entre la sensibilidad, la razón y la acción.


Por eso, los ejercicios que proponemos en clase buscan despertar esa conciencia. Grabar un audio describiendo la casa ideal, escribir sobre las emociones que provoca un espacio, invertir la relación entre forma y función: son ejercicios que invitan a pensar desde el ser. La arquitectura, en ese sentido, es una pedagogía de la vida.


Enseñar a crear es enseñar a vivir con atención, con humildad, con curiosidad constante. La arquitectura es una disciplina que obliga a mirar, escuchar, esperar y decidir. En su práctica más profunda, se convierte en una escuela del alma.


“La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz.” — Le Corbusier


La composición arquitectónica es, en realidad, una lección continua de vida. Enseñar a componer es enseñar a unir lo fragmentado, a encontrar orden en el caos y belleza en la coherencia. Por eso, más que una técnica, es una forma de crecimiento.

Como en la receta del pastel, el aprendizaje está en hacerlo, probarlo, fallar y volver a intentar. La práctica hace al maestro, y el maestro enseña practicando. Así que dejemos de hablar y sigamos creando, con la certeza de que cada obra bien compuesta nos hace un poco más completos.


Carpe diem.


Ilustración por Ximena Fernández Hidalgo. Equipo FUNDARQMX.
Ilustración por Ximena Fernández Hidalgo. Equipo FUNDARQMX.

 
 
 

Comentarios


bottom of page