La Casa de los Tres Patios
- FundarqMx
- 11 feb
- 5 Min. de lectura
Por: Jesús Tovar, Coedición: Arantza Briffault
Ilustración: Ximena Fernández Hidalgo
Contrario a los modelos arquitectónicos comerciales que predominan en los sectores más recientes de la ciudad, este proyecto decidió honrar los procesos de construcción vernáculos para alcanzar un espacio con una personalidad genuinamente local.
La promesa de la felicidad
Uno de los sueños más recurrentes del ser humano es poseer una casa digna: un espacio donde la vida cotidiana pueda transcurrir con plenitud. La arquitectura, en su mejor expresión, ofrece esa promesa: la posibilidad de crear felicidad a través de la forma y la luz, de construir un refugio que sea también una extensión del alma.
La Casa de los Tres Patios, concebida por Tovarendón+Arquitectos en 2013, nació bajo esa premisa. Su nombre no solo designa un conjunto de patios, sino que expresa un deseo: vivir de manera armónica dentro de una ciudad cada vez más caótica.
Ubicada en el fraccionamiento Las Trojes, en Torreón, Coahuila, la vivienda se distingue de las residencias vecinas, donde predominan materiales y lenguajes estandarizados, la piedra Galarza blanca, las maderas oscuras, las vigas de acero negras, los accesos monumentales, que configuran una estética importada, popularizada en Monterrey y heredada, en última instancia, de modelos estadounidenses.
En una región marcada por esa influencia, la obra buscó reivindicar una identidad propia, profundamente mexicana y regional. El propósito fue reinterpretar el espíritu tradicional sin renunciar a la contemporaneidad, en un diálogo silencioso con la poética de Luis Barragán.
Génesis y proceso creativo
El punto de partida fue un croquis sencillo: un vestíbulo donde convergían los tres colores primarios, amarillo, azul y rojo, siendo este último transformado finalmente en un vibrante rosa mexicano. Ese gesto cromático se convirtió en símbolo y corazón del proyecto, junto con los tres patios: el de acceso, el superior y el posterior.
El desarrollo se apoyó en una colección de croquis a mano alzada, trazados con papel, tinta y color, antes de recurrir a cualquier herramienta digital. Dibujar fue, en este caso, una forma de pensar. La digitalización vino después: diecisiete planos iniciales que se multiplicaron a lo largo del proceso, afinando cada fragmento como si se tratara de una partitura.
El proyecto se cocinó a fuego lento, con el rigor de quien entiende que la precisión es una forma de respeto. Cada rincón fue resuelto antes de ser construido, evitando improvisaciones y reduciendo sobrecostos. Los renders digitales se complementaron con texturas de acuarela, preservando el espíritu artesanal que acompañó todo el proceso.
Dibujar, más que un medio, se volvió una terapia: una forma de introspección donde la arquitectura recupera su condición artística.

Composición arquitectónica
La Casa de los Tres Patios no solo integra elementos de la arquitectura mexicana, sino también del imaginario regional. En su concepción formal se tomó como referencia El pueblo mexicano, mural de José Clemente Orozco, reinterpretando su manejo de volúmenes esenciales.
Los materiales fueron elegidos desde una sobriedad intencionada: nada ostentoso, todo necesario. Se renunció al yeso interior en favor de enjarres de color; se utilizaron pisos de barro, azulejos de talavera, maderas de pino y mezquite, textiles cálidos y mobiliario diseñado a medida. Los vitrales, elaborados por Casa Montaña en Torreón, evocan una tradición artesanal que aún resiste en la región.
Aunque el blanco domina la composición, en un guiño a la arquitectura mediterránea, la paleta cromática recorre tonalidades profundamente locales: naranja, lila, azul colonial, amarillo, café Renault Legorreta y un rosa mexicano casi fluorescente. Cada color responde a una intención espacial, emocional y simbólica.
La casa se concibió como refugio, un espacio amurallado y silencioso. Las dobles alturas en comedor y vestíbulo amplifican la luz y el aire, mientras que los cambios de escala introducen sorpresa y movimiento. En el recibidor, un muro suspendido de 5.6 metros de largo por 2 de ancho produce, cada día a las tres de la tarde, una proyección de luz en forma de cruz Tau: un signo espiritual más que decorativo, una marca del tiempo.
El recorrido por la casa se despliega como una experiencia narrativa. No hay un baño inmediato en el acceso, sino un discreto “al fondo a la derecha”, gesto que invita a descubrir los espacios. Las escaleras, sin barandal, se conciben como esculturas habitables, y algunos ambientes, como la biblioteca y el patio de acceso, se comunican mediante puentes interiores.
La vivienda, con un terreno de 358 metros cuadrados, desarrolla 239.28 metros en planta baja y 216.48 en planta alta. La proporción no busca monumentalidad, sino equilibrio y densidad espacial.

La luz como materia
La iluminación, elemento vital en toda obra arquitectónica, se despliega aquí como un sistema de respiración. Se emplea luz natural cenital, luz rasante a nivel de piso, reflejos indirectos y zonas de penumbra controlada. La quinta fachada, orientada al sur, se abre al cielo para observar el paso de las estaciones, mientras que la terraza superior renuncia deliberadamente a la luz artificial para permitir el diálogo con las estrellas.
Luz y sombra conviven como opuestos complementarios, recordando que la belleza no se construye solo con materia, sino también con aire, tiempo y silencio.

Resonancia y alcance
La obra trascendió su condición doméstica. Bart Prince, arquitecto estadounidense reconocido por su lenguaje orgánico, expresó comentarios favorables sobre su fachada. En el proceso participaron también los arquitectos mexicanos Andrés Casillas de Alba y Fernando González Gortázar, cuya mirada enriqueció ciertos detalles del diseño.
La casa inspiró una novela, presentada en la Alianza Francesa de Torreón y en la Feria del Libro del Tecnológico de Monterrey, Campus Laguna. Ha recibido más de trescientas visitas de fotógrafos, artistas visuales, investigadores, arquitectos y estudiantes de distintas universidades de la Comarca Lagunera. En la Universidad Autónoma de Coahuila se estudia como un caso singular por su carácter poco convencional dentro del contexto regional.
Ha sido, además, sede de tres charlas dedicadas a Luis Barragán, Ricardo Legorreta y a la propia obra. Incluso se propuso que la Camerata de Coahuila ofreciera conciertos en su patio superior: un gesto que sintetiza el espíritu del proyecto, convertir la arquitectura en un escenario vivo.
Así como el músico compone sinfonías, el arquitecto compone recorridos. Ambos buscan crear armonía, ritmo y emoción en su medio: el sonido o el espacio. La Casa de los Tres Patios, con su raíz vernácula y su aspiración contemporánea, demuestra que la arquitectura puede seguir siendo una forma de arte capaz de construir felicidad.
En ella, la enseñanza, la creatividad y la memoria se entrelazan para recordarnos que el hogar no solo se habita: también se imagina.







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