El Río Nazas
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Por: Jesús Tovar, Coedición: Arantza Briffault
Ilustración: Aurora Kleiman

El río ha sido siempre el gran detonador de la vida. El Nazas, padre silencioso de nuestra ciudad, hoy luce apagado por múltiples razones, aunque en el fondo del corazón lo seguimos necesitando. Pienso en él como arquitecto y urbanista, y me pregunto cómo podría renacer. Imaginar escenarios para dignificarlo es, también, una de las virtudes de nuestra profesión.
Conviene recordar que el río Nazas se sitúa en el límite entre Coahuila y Durango. Su presencia ha unido, durante décadas, a estas dos entidades del norte de México, aunque hoy aparezca tristemente abandonado. Así quisiera verlo.
Sobre el vado y el lecho seco se yerguen numerosos puentes. Entre ellos, los más valiosos son los que conservan la estructura de acero, los pasos antiguos que todavía sostienen memoria y carácter. El puente metálico para vehículos, conocido como el puente naranja, hoy luce color plata. Esa obra de ingeniería merece restaurarse y recuperar su bermellón original. Ese color forma parte de nuestra identidad y su pérdida fue fruto del descuido. La rehabilitación de los puentes valiosos sería un gesto inaugural de respeto por el río, por su historia y por la ciudad.
Antes de cualquier intervención, es indispensable un programa ambicioso de limpieza y restauración del lecho, conducido por un ingeniero ambiental y acompañado por la comunidad organizada, tal como alguna vez lo ensayó el grupo encabezado por Laguna yo te quiero. Se trata de reconocer el daño al ecosistema y preguntarnos hasta dónde es posible restituir flora y fauna. También de entender que el cauce original no debe estrecharse para alojar proyectos dentro de su paso. Ese tipo de operaciones, contrarias a la naturaleza, no tienen futuro. No conviene desafiar al río, sino comprenderlo.

Imagino el lecho con agua y vida, con corrientes y volúmenes controlados. Sueño con muelles para botes de mediano tamaño, lanchas pequeñas de pesca, embarcaciones recreativas o de transporte a la manera de vaporettos. Esa infraestructura podría construirse gradualmente en los laterales, a lo largo de un tramo por definir que inicie en el primer puente metálico del tren y llegue hasta la Puerta de Torreón, obra del escultor Sebastián. Esa sería el área estratégica de intervención.
Nada de esto debería plantearse como proyecto aislado. El rescate del lecho ha de formar parte de un plan metropolitano integral, con visión presente y proyección a futuro. Los puentes vehiculares actuales, salvo los metálicos, poseen escaso valor arquitectónico y urbano. Son funcionales para el tránsito, pero no invitan a la vida sobre el agua. Por ello propongo, cerca de ellos, nuevos puentes anchos y complementarios, a los que llamo puentes plazas. Son puentes, sí, pero de más de quince metros de ancho, concebidos como centros urbanos y de encuentro, con infraestructura suficiente para exposiciones al aire libre, conciertos, mercados, espectáculos y múltiples actividades colectivas. Allí podrían convivir patinetas, patines, carriolas, sillas de ruedas y vehículos a pedales, siempre con prioridad para el peatón. Los automóviles no tendrían cabida en estos espacios.
El río ganaría dos grandes paseos laterales, pensados para caminar, correr, conversar y pedalear. Los pavimentos de piedra bola aludirían a la presencia del agua y a su permanencia en la memoria del territorio. A ambos lados, árboles de gran porte señalarían la ruta y ofrecerían sombra, con especies propias de nuestras riberas como ahuehuetes y nogales, una flora endémica conocida y estudiada por especialistas regionales. Los jardines serían verdaderos jardines de desierto. No un verde impostado, sino una poética vegetal que armonice con el clima y honre la resiliencia del paisaje.

Estos árboles, además de sombrear, funcionarían como cortinas que delimiten el río respecto de la ciudad. A lo largo de kilómetros, los paseos incorporarían plazas hundidas y plataformas donde la vegetación existente se complemente con cactáceas, suculentas y matorrales. El jardín de desierto contrastaría con la vitalidad del agua sin competir con ella. Asimismo, podrían nacer del cauce pequeñas acequias que alimenten fuentes y hilos de agua, atravesando placitas, jardines, huertos y espacios deportivos en ambos márgenes. El río como origen y distribuidor de vida.
Para dignificar estos paseos, convendría estudiar y restaurar fachadas a ambos lados. Un recorrido minucioso permitiría definir los tramos de intervención paisajística y arquitectónica, incluso evaluados desde la perspectiva del río en lancha. En las horas de sol, los paseos podrían protegerse mediante portales continuos, pérgolas y plantas trepadoras que mitiguen el impacto del clima, como alguna vez lo sugirió mi colega tapatío Juan Palomar en su visita a la Comarca Lagunera. Caminar en el desierto volvería a ser posible con recursos que ya sabemos emplear y que aquí cobrarían sentido pleno.
El río sería escenario idóneo para el kayakismo, el canotaje, las lanchas deportivas y otras prácticas acuáticas. Los paseos y los puentes plazas asegurarían la presencia masiva de habitantes de ambos lados, reabriendo espacios de amistad, encuentro y reconciliación lagunera. Imagino, además, un homenaje a las nazas, con esculturas, murales, relieves y obras diversas inspiradas en esa tradición, para que el arte dialogue con la memoria del río.

Una intervención de esta magnitud requiere un proyecto de iluminación integral, sobrio y emocional. Sistemas de bajo consumo y tecnologías contemporáneas, sí, pero también fuego y luces cálidas capaces de construir ambientes de nostalgia. Fachadas encendidas, espectáculos lumínicos en fechas especiales, escenas que evoquen recuerdos y acompañen el fluir nocturno del agua.
El plan debe ser, ante todo, un homenaje al río y a sus habitantes de ayer. Sus trazos podrían nutrirse de la historia regional, de la vida en tiempos de la Revolución, de las faenas de los pescadores, de los años del algodón, de los relatos que apasionan a historiadores y a quienes nacimos aquí. El paseo debe ser también didáctico, inclusivo para todas las edades y orígenes. Sueño con un barco de cubierta plana, de madera y diseño sobrio, que recorra el Nazas vivo con la Camerata de Coahuila a bordo para ofrecer conciertos acuáticos abiertos a todos. Una Venecia en el desierto, sí, pero nuestra, nacida del rigor y la esperanza.

Veo un gran corredor dedicado a las artes, la música, el teatro, el grafiti, el juego, el deporte y la conversación. Un espacio que, sin renunciar a la contemplación, también promueva la vida industrial y comercial circundante, con un paseo que atraiga miradas locales y foráneas. Todo esto solo tendría sentido dentro de un proyecto de ciudad completo, donde el área del Nazas sea parte de una solución más amplia. El río como oasis. Desierto y agua como binomio esencial. Reconciliarnos con el desierto es volver a casa. Volver a ser, otra vez, lagartijas al sol.
El Nazas podría latir como corazón renovado. A través de vasos comunicantes, llevaría vida al resto de las ciudades. Un organismo vivo, optimista y esperanzado, capaz de sostener el presente y asomarse con dignidad al futuro. Ojalá un día mis ojos alcancen a ver, aunque sea, una pequeña parte de este sueño.












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