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LEER LA TIERRA: UNA EXPLORACIÓN DE MATERIA,GRANULOMETRÍA Y COLOR A TRAVÉS DEL DORODANGO

Foto del escritor: FundarqMx
FundarqMx
7 oct
6 min de lectura

Volver a tocar la tierra

Hay un momento, casi olvidado en la vida adulta, en que aprendemos a conocer el mundo apretando la tierra entre las manos. Hicimos lodo, bolas y castillos; observamos cómo cambiaba al agregar agua y descubrimos, sin nombrarlo, que una mezcla demasiado húmeda se deshace y una demasiado seca no se deja modelar. Con el tiempo dejamos de hacerlo, como si ensuciarse las manos fuera únicamente parte de la infancia. Volver a la tierra desde el Dorodango propone exactamente lo contrario: tocar para comprender, observar para reconocer y experimentar para aprender.

El Hikaru Dorodango —cuyo nombre puede traducirse como “bola de lodo brillante”— transforma un puñado de tierra en una esfera compacta, lisa y, después de un proceso paciente de pulido, sorprendentemente brillante. La práctica fue observada y difundida a finales de la década de 1990 por el profesor Fumio Kayo a partir del juego infantil en Japón. Más allá del objeto terminado, su valor se encuentra en el proceso: observar con atención, concentrarse, equivocarse, corregir y descubrir cómo responde el material a cada decisión.

Por eso, acercarse al Dorodango desde la arquitectura permite verlo no como una manualidad, sino como un pequeño laboratorio de lectura de materiales. Cada esfera obliga a reconocer la tierra con los sentidos y a preguntarse de qué está hecha, cuánta agua necesita, qué tan plástica es, cómo se compacta, qué partículas predominan y por qué una muestra se comporta de manera diferente a otra. En una escala mínima aparecen principios que también están presentes en la construcción con tierra.

El pasado 20 de septiembre tuvimos la oportunidad de estar presentes en el taller: 

“LEER LA TIERRA: UNA EXPLORACIÓN DE MATERIA, GRANULOMETRÍA Y COLOR A TRAVÉS DEL DORODANGO” que se llevó a cabo en “El Terreno” (mencionar su página de Instagram) impartido por “Raíz Arquitectura (mencionar su página de Instagram) una experiencia totalmente sensorial, que nos hizo conectar con la “tierra” y poner nuestro corazón en la creación de nuestros dorodangos.

Leer la tierra con los sentidos 

Leer una “tierra” comienza antes de medirla. Empieza por mirarla, tocarla, olerla y escuchar lo que ocurre cuando se manipula. El color puede ofrecer pistas; la textura revela si se perciben granos gruesos o partículas muy finas; el olor cambia con la humedad; y el tacto permite reconocer si una mezcla se desmorona, se pega a las manos o puede mantener una forma. 

El suelo no es una sola cosa, estamos acostumbrados a decir "tierra" como si fuera una sola materia; para la construcción, la tierra es "terreno", "predio", "banco de material", es una abstracción; cuando la pones en la mano, esa abstracción se rompe.

Esta aproximación sensorial no sustituye al conocimiento técnico, pero abre una puerta para comprender el material desde la experiencia directa.

También permite reconocer que “la tierra” no es una materia uniforme. Incluso en un mismo terreno pueden existir capas u horizontes con características muy distintas. Cerca de la superficie suele encontrarse una mayor presencia de materia orgánica y actividad biológica; en otras capas pueden hacerse más evidentes arenas, limos, arcillas y otros componentes minerales. El color y el olor ayudan a distinguirlas, pero no bastan por sí solos: deben leerse junto con la textura, la plasticidad, la cohesión y el comportamiento de la mezcla.

Esta mirada cambia nuestra relación con el suelo. Deja de ser solamente la superficie sobre la que se construye y se convierte en materia capaz de ser investigada. Esto es lo que lleva a RAIZ ARQUITECTURA a compartirnos su conocimiento, en este taller tan hermoso, como lo es la “tierra”.

La materia habla: granulometría y composición

Uno de los aprendizajes centrales del Dorodango es reconocer que la estabilidad de una esfera depende de la relación entre partículas de distintos tamaños. Arcillas, limos, arenas y gravas no se comportan igual. Las partículas finas participan en la cohesión y permiten modelar; las partículas de mayor tamaño aportan otra estructura a la mezcla. Cuando las proporciones cambian, también cambian la textura, la plasticidad, la capacidad de compactación y el acabado que puede alcanzar la superficie.

En el taller, solo tocando, nos pusieron sobre la mesa, tierras distintas: tepetate de la zona poniente de la CDMX, arcilla roja de Toluca, cada una tiene una temperatura, un olor, una memoria distinta y tomamos la misma tierra y la separamos, la cernimos, para poder construir el núcleo del Dorodango, las manos comienzan a reconocen si la mezcla tiene suficiente cohesión para conservar la forma o si necesita ajustarse. 

Aprender a distinguir esto con los dedos es entender, la “tierra” nos dice cómo quiere ser tratada. El taller nos permitió, nos enseñó a escucharla. 

Agua, tiempo y paciencia

El agua se vuelve decisiva: no es un ingrediente secundario, sino aquello que modifica temporalmente la relación entre las partículas y permite trabajar la materia. Demasiada humedad puede volver inestable la esfera; muy poca puede impedir que se compacte adecuadamente.

Para hacer un buen dorodango necesitas entender esa gramática. Necesitas la proporción correcta: la arena que da estructura, como los huesos; el limo que rellena; y la arcilla, que es el pegamento, la piel que lo une todo. Si tienes mucha arena, tu esfera será rasposa y se desmorona. Si tienes pura arcilla, brillará mucho al inicio, pero al secarse se agrieta como un desierto. 

En la práctica, empezamos con una esfera que parece una papa, gruesa, irregular y se va refinando, agregando capas cada vez más finas, con la “tierra” que previamente se tamizamos.

Una vez construido el núcleo comienza otra etapa, donde se van colocando capas y capas hasta tener el tamaño deseado, es un proceso que lleva su tiempo y donde conectas con tu dorodango hasta lograr lo que deseas; es aquí donde el taller se vuelve político: en un mundo de trámites exprés y resultados inmediatos, propone un tiempo lento, no puedes forzar un dorodango. Si lo aprietas de más, se agrieta. Si lo dejas muy húmedo, se deshace.

El color de un territorio

Aquí el color adquiere otra dimensión. No funciona únicamente como un recurso estético; forma parte de la identidad de cada tierra. Tonos rojizos, ocres, cafés, grises o amarillentos pueden hacerse más profundos conforme cambia la humedad, se compacta la superficie y avanza el pulido. Sin embargo, el color no debe interpretarse de manera aislada: es una señal más dentro de una lectura que incluye composición, textura, plasticidad, olor y comportamiento.

El Dorodango concentra en un objeto pequeño una pregunta mucho más amplia para la arquitectura: ¿qué ocurre cuando dejamos de pensar en los materiales únicamente como productos terminados y volvemos a reconocer de dónde vienen? Trabajar directamente con tierra obliga a reducir la distancia entre quien diseña y la materia. Ya no basta con especificar un acabado; hay que tocar, mezclar, humedecer, esperar, corregir y aceptar que el material tiene límites y posibilidades propias.

También permite valorar la imperfección. Ninguna esfera es idéntica a otra porque tampoco lo son las tierras ni las manos que las trabajan. Las pequeñas variaciones de tono, textura o brillo no necesariamente son errores: pueden ser rastros del origen del material y del proceso mediante el cual fue transformado. Esa diversidad recuerda que construir con tierra implica dialogar con una materia local, cambiante y profundamente vinculada con el territorio.


Pulir la tierra, revelar la materia

Y después de tener ya la esfera deseada comienza el proceso quizá más sorprendente: el brillo. Una esfera de tierra puede llegar a parecer piedra, mármol o cerámica, aunque sigue siendo exactamente el mismo material: tierra modelada, compactada y pulida. El acabado no depende necesariamente de un barniz ni de una capa ajena al material. 

Mediante el bruñido, la propia superficie comienza a reflejar la luz. Aquello que parecía ordinario revela cualidades que estaban presentes, pero que necesitaban tiempo y trabajo para hacerse visibles.

Cada esfera termina siendo un retrato cromático del lugar de donde vino. Sin pigmentos, sin pintura. Es el color inherente a la geología. En el taller se observaron distintas esferas que parecieran una colecciones de planetas y de golpe entendemos que el paisaje no solo es verde. El paisaje de la Cuenca de México es rojo, negro, ocre, amarillo. Hemos cubierto esa paleta con asfalto gris.

“Leer la tierra” puede entenderse, finalmente, como una forma de atención. Es aprender que el suelo bajo nuestros pies contiene información que puede descubrirse mediante los sentidos, la experimentación y el conocimiento técnico, este taller nos dio una lección al convertir un puñado de tierra en una esfera, un dorodango, que conserva, incluso después del pulido, la identidad del material del que proviene.

Quizá ahí se encuentre su mayor aportación: no en producir un objeto perfecto, sino en recuperar la curiosidad. Preguntarnos por qué una tierra se pega, por qué otra se agrieta, por qué cambia de color al humedecerse o hasta dónde puede pulirse es también una manera de comprender los procesos que dan forma a la arquitectura. 

Ensuciarse las manos vuelve a ser entonces una forma de conocimiento: una manera sencilla y directa de reconocer que antes de transformar el territorio, primero debemos aprender a leerlo.

Gracias a RAIZ ARQUITECTURA por esta experiencia sensorial e increíble y a FUNDARQMX por la difusión para estos talleres.


Arq. Brenda Pineda Torres

Lic. Maria Contreras

 
 
 

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