Fallingwater: los sueños se hacen realidad
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- hace 23 horas
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Por: Jesús Armando Tovar Rendón, co-editora: Arantza Briffault

Soy profesor universitario de Arquitectura y Negocios, una combinación que me permite entender la arquitectura no solo como arte o técnica, sino como un puente entre la creatividad, la gestión y la sociedad. El pasado verano tuve la oportunidad de participar en el Teaching Residency 2012 en Mill Run, Pennsylvania, una experiencia que reunió a docentes de distintas áreas para repensar cómo se enseña el diseño y cómo este puede transformar la forma en que habitamos el mundo.
Allí, en el corazón del bosque, se alza Fallingwater, la obra maestra de Frank Lloyd Wright, la casa que redefinió la relación entre arquitectura y naturaleza, reconocida por el American Institute of Architects como la mejor obra estadounidense de todos los tiempos. Ser parte de este programa significó entrar en diálogo con esa historia.
Entre los participantes, provenientes de Nueva York, California, Massachusetts, Texas o Colorado, fui el único representante de México y de América Latina. Esa presencia no era solo geográfica, sino simbólica: llevar la mirada mexicana, forjada entre la tradición, la intuición y el ingenio, a un espacio internacional donde la arquitectura se enseña como lenguaje universal. Las diferencias culturales se convirtieron en puentes, y compartir nuestra forma de pensar el espacio y la educación fue también una manera de mostrar que la arquitectura latinoamericana tiene voz propia y mucho que aportar al mundo.
El Teaching Residency fomenta la enseñanza a través de la arquitectura y el diseño. Es un programa de una semana que promueve la investigación, la creatividad y la resolución de problemas. Sus objetivos incluyen la exploración de la relación entre los edificios y el entorno natural, la aplicación de los principios de la arquitectura orgánica y la creación de proyectos interdisciplinarios centrados en el estudiante.
Para llegar a Fallingwater, viajé desde Pittsburgh y conduje dos horas junto con Pamela, una profesora de Colorado con quien compartí el trayecto. Llegamos justo a tiempo para la charla inaugural en la Kirkpatrick House, donde nos hospedamos. Esta cabaña, que fue la casa del abogado de Edgar Kaufmann, el dueño original de Fallingwater, cuenta con cuatro habitaciones, terrazas, chimeneas y una atmósfera cálida y tranquila. Allí convivimos y compartimos experiencias, reflexiones y comidas en un ambiente amable y enriquecedor.
A unos pasos de nuestra cabaña estaba el taller, un antiguo garaje rodeado de árboles y envuelto por una neblina suave que parecía despertar cada mañana con nosotros. Dentro había mesas, estanterías llenas de materiales, una computadora y paredes donde poco a poco fueron apareciendo las ideas y los proyectos de todos. Pasábamos ahí las horas, concentrados y riendo, en un ambiente relajado donde nadie mandaba y todos aprendíamos unos de otros.
Compartí el espacio con Heather de Pensilvania y con Lynne de Massachusetts, dos profesoras llenas de energía y talento. Entre conversaciones, papeles, bocetos y maquetas se volvió natural compartir lo que sabíamos y pedir ayuda casi sin pensarlo.
Durante la semana hicimos tres ejercicios: un kirie, una composición abstracta inspirada en un detalle interior de Fallingwater; un valise, una pequeña maqueta conceptual; y una composición arquitectónica formada por tres planos, planta, corte y elevación, pensada más como obra artística que como dibujo técnico. Visitamos varias veces la casa, tomamos medidas, hicimos bocetos y tratamos de entenderla desde dentro. En una de esas visitas caminé descalzo sobre el piso de piedra fría, y fue como si el lugar respirara conmigo.
Al final de la residencia, presentamos nuestros trabajos ante el equipo de Fallingwater, , en una pequeña escuela de madera donde todo se cerró con risas, emociones y la sensación de haber vivido algo irrepetible. Esta escuela que se encuentra junto a la Ruta 381, justo al norte de la entrada de Fallingwater en el condado de Fayette. Es la antigua Escuela Bear Run, construida en 1904. (Originalmente, una estructura de una sola planta y una sola aula, formaba parte de la ahora desaparecida pero otrora vibrante comunidad de Bear Run.
La escuela era una de las cuatro del municipio de Stewart, junto con Rock Spring, Three Maples y Maple Summit. En su apogeo, la Escuela Bear Run llegó a tener 56 alumnos. Con el tiempo, las escuelas del municipio de Stewart se fusionaron con el Distrito Escolar de Uniontown y las escuelas de una sola aula cerraron en 1951. Comprada por los Kaufmann en la década de 1950 y donada a la Western Pennsylvania Conservancy en 1963, el edificio ahora se utiliza como oficinas administrativas.
Fue restaurado en 2009 con fondos de la Fundación Double Eagle. La escuela es un ejemplo de arquitectura vernácula, un estilo arquitectónico sencillo y regional que refleja su época. Utilizando materiales y artesanía locales, los residentes construyeron estructuras como esta escuela, así como la Capilla Hickman (más adelante en el camino desde Fallingwater) y el Granero en Fallingwater).
La convivencia fue uno de los aspectos más valiosos de la residencia. La diferencia entre ser turista y participar en un programa así es el contacto directo y cotidiano con la obra. Todos los profesores fueron amables y sociables, y se creó un ambiente de amistad inmediata. Pasamos las noches observando estrellas, jugando o conversando frente a la chimenea. También hicimos una caminata silenciosa por el bosque, escuchando el viento, el agua y los sonidos del entorno antes de llegar a la casa.
El entorno natural es impresionante. La residencia parece surgir del paisaje, mimetizada entre árboles centenarios, lajas de piedra y el sonido constante del río. Incluso tuvimos acceso a la parte inferior de la cascada, una experiencia única que no está abierta a turistas. El autor describe cómo el agua se convierte en un elemento arquitectónico que envuelve toda la casa con su sonido y movimiento.
Fallingwater fue construida entre 1936 y 1939 para Edgar Kaufmann y su familia. Está formada por la casa principal y la casa de huéspedes. La entrada es discreta y misteriosa. Desde el vestíbulo se accede al gran espacio principal, con sala, comedor, chimenea y terrazas. Los pisos son de piedra natural y los muebles, diseñados por Wright, forman parte integral del conjunto. Las ventanas horizontales y las terrazas hacen que la casa parezca flotar sobre el agua.
Los niveles superiores contienen la recámara principal, terrazas, vestidores y baños. Una pasarela conecta con la casa de huéspedes, que sigue los mismos materiales y proporciones. La casa combina funcionalidad y emoción; el sonido del agua y la luz natural crean una atmósfera viva que cambia con las horas del día.Durante la estancia también visitamos Kentuck Knob, otra residencia diseñada por Wright en 1954. Está construida a base de hexágonos y se adapta al terreno con sencillez y armonía. Sus acabados son de piedra local y madera, con techos bajos, grandes aleros y mobiliario empotrado. La casa transmite calidez e intimidad, y su forma horizontal se funde con el paisaje. En la propiedad hay esculturas contemporáneas, una pieza del Muro de Berlín y una vista abierta al valle del río Youghiogheny.
Además, visitamos Ohiopyle, un pequeño poblado cercano, acogedor y rodeado de naturaleza, que complementa la experiencia de la residencia. También pasamos por la tienda oficial de Fallingwater, donde se venden libros, videos y objetos relacionados con Wright. El autor comenta la diferencia con México, donde la obra de Luis Barragán aún no tiene esa difusión.
Otro momento importante fue la conferencia impartida por el instructor Andrew, quien habló sobre la función social de la arquitectura y cómo puede usarse como herramienta educativa y terapéutica. Su trabajo en Filadelfia demostró que el arte y el diseño pueden ayudar a los estudiantes a desarrollar habilidades emocionales y de vida. Esta charla cambió la percepción del autor sobre el papel del arquitecto en la sociedad.
Durante la residencia surgieron amistades y proyectos a futuro. Hubo propuestas de visitar otras obras de Wright y de crear actividades similares en México para difundir su legado. El autor confiesa que, antes de este viaje, solo conocía el Museo Guggenheim, y que esta experiencia le permitió comprender la grandeza de Wright y su visión de la arquitectura como unión entre arte y naturaleza.
Al final, expresa su deseo de que más personas conozcan Fallingwater, de la cual sigue viendo transmisiones en línea para recordar su estancia. Concluye que este lugar representa una de las obras que hay que visitar antes de morir.
“Fallingwater no es una casa; son muchas casas al mismo tiempo. Es la materialización de un sueño.”
Arq. Jesús Armando Tovar Rendón
Director Creativo y de Negocios de Tovarendón+Arquitectos Miembro de la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán, A.C. Miembro de la Academia de Historia y Geografía Filial Coahuila, UNAM Dedicado a la memoria de Al Doyle de la Touro University Graduate School of Technology de Nueva York y a todos mis compañeros del Fallingwater Teaching Residency












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