La arquitectura como vínculo entre dos culturas. Majlis.
- FundarqMx
- hace 9 horas
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Escrito por: Luis Bernardo Carmen Cruz
Fotografía por: Arantza Briffault

Hay conversaciones que sólo pueden ocurrir en ciertos espacios. No únicamente por protocolo o por contexto diplomático, sino porque la arquitectura —cuando es sensible— termina construyendo la posibilidad misma del encuentro. El pasado domingo, en la residencia del embajador de Arabia Saudita en Ciudad de México, ocurrió una de esas conversaciones improbables pero necesarias: un diálogo entre México y el mundo árabe donde la tierra, la luz, la memoria y las formas de habitar fueron protagonistas.
El evento, titulado “La arquitectura como vínculo entre dos culturas. Majlis”, coordinado por Luis Guerrero y Arantza Briffault Dávila, reunió a arquitectos, historiadores del arte, investigadores y académicos en torno a una pregunta silenciosa, aunque constante durante toda la jornada: ¿qué tienen en común dos tradiciones aparentemente lejanas?

Tanto en Asia como en las poblaciones rurales mexicanas, la arquitectura vernácula surge de una misma inteligencia material: construir con aquello que el territorio ofrece. Tierra, fibras, piedra, sombra, orientación, espesor. Antes de convertirse en “estilo”, la arquitectura fue adaptación sensible al entorno.
La arquitecta Karen Poulain mencionó un dato estadístico revelador: alrededor del 30% de la población mundial todavía habita viviendas construidas con tierra. La afirmación operó como advertencia en un momento donde la arquitectura suele perseguir la novedad tecnológica como un fin en sí mismo. Volver a mirar la tierra implica reconsiderar el futuro desde una lógica distinta: menos extractiva, más consciente del clima, de la energía y del territorio.
Las similitudes entre la arquitectura vernácula mexicana y la del mundo árabe comenzaron entonces a aparecer con naturalidad. ¿Cómo construir con lo que existe bajo nuestros pies? ¿Cómo leer el entorno antes de intervenirlo?

La presentación de la maestra Yolanda Bravo Saldaña desplazó la conversación hacia otra dimensión: la arquitectura orgánica como filosofía del habitar. Más que una corriente estética, apareció como una postura ética frente al territorio. La arquitectura vernácula y la organicista comparten, en el fondo, una misma intuición: el espacio no debe imponerse a la naturaleza, sino reconciliarse con ella.
Las referencias a Antonio Gaudí, a Carlos Lazo Barreiro y al proyecto de vivienda mínima para carteros excavada en cuevas, así como la mención de la Casa-Cueva de Juan O’Gorman en San Jerónimo, revelaron algo particularmente significativo para quienes observamos la arquitectura desde la historia cultural: en distintos momentos del siglo XX mexicano existió un interés genuino por desarrollar formas alternativas de habitar, menos separadas de la geografía y de la experiencia humana elemental.

Quizá uno de los momentos más incisivos de la jornada fue la intervención de la arquitecta María Bustamante Harfush, quien planteó una pregunta tan sencilla como inagotable: ¿la arquitectura es arte, oficio, técnica o lenguaje? Desde esa perspectiva, la arquitectura deja de ser únicamente objeto y vuelve a convertirse en un sistema universal, sí, pero profundamente condicionado por la forma en que cada cultura comprende la relación entre cuerpo, clima, comunidad y paisaje.
Por su parte, el arquitecto Tamer Alhosny abordó uno de los elementos más complejos y poéticos de la tradición espacial árabe: la luz. No como recurso decorativo, sino como estructura perceptiva del espacio habitable. En muchas arquitecturas del mundo árabe, la luz no entra de manera frontal; se filtra, se dosifica, construye penumbra y profundidad. El espacio se revela gradualmente.

Más allá de las ponencias, el encuentro dejó entrever algo todavía más relevante: el creciente interés de la Embajada de Arabia Saudita en generar plataformas culturales capaces de abrir nuevas conversaciones sobre ciudad, territorio y patrimonio. En tiempos donde gran parte de los intercambios internacionales suelen reducirse a economía o geopolítica, resulta significativo encontrar ejercicios diplomáticos que utilicen la arquitectura como herramienta de diálogo cultural.
Para FUNDARQMX, participar en este tipo de espacios implica algo más que presencia institucional. Representa la posibilidad de consolidarse como una plataforma abierta a las discusiones contemporáneas sobre arquitectura, identidad y territorio; una plataforma capaz de reconocer que el futuro de la arquitectura mexicana probablemente no se encuentre únicamente en la hiper industrialización de las ciudades, sino también en la capacidad de reinterpretar críticamente sus tradiciones constructivas.
Quizá ahí estuvo el verdadero sentido del Majlis.
No en la idea de reunir dos culturas distintas, sino en descubrir que ambas han estado dialogando desde hace siglos a través de la tierra, la sombra y la manera de habitar el mundo.







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