Casa Max Cetto: Visita a la primera casa de Jardines del Pedregal
- FundarqMx
- 28 jun
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Por: Fernanda Díaz Solis

Fotografía: Montserrat Vela
Construida entre 1947 y 1952, la casa de Max Cetto fue la primera casa edificada en Jardines del Pedregal. Hoy resulta difícil imaginar que este sector de la ciudad fuera considerado entonces un territorio lejano, casi rural, ubicado al sur de la Ciudad de México. El paisaje de lava proveniente de la erupción del volcán Xitle se extendía desde Cuicuilco hasta las inmediaciones de Miguel Ángel de Quevedo, formando un terreno accidentado y aparentemente poco apto para la urbanización.
A diferencia de otras obras emblemáticas de la arquitectura moderna mexicana, la casa no funciona como museo ni se encuentra abierta al público de manera permanente. Las visitas se realizan únicamente mediante cita y son guiadas por miembros de la propia familia Cetto, quienes continúan habitando la vivienda. Esta condición permite experimentar la casa desde una dimensión poco común: no como un objeto de exhibición, sino como un espacio que sigue siendo vivido y cuidado por quienes lo habitan.
El desarrollo de Jardines del Pedregal fue impulsado por Luis Barragán como un fraccionamiento residencial de alta calidad, aunque durante sus primeros años la venta de los terrenos resultó complicada. El Pedregal era todavía el campo de la ciudad. La expansión urbana no había alcanzado la zona y el paisaje volcánico parecía representar más un obstáculo que una oportunidad.
Quizá por ello, la visita no se siente como un recorrido histórico, sino como la entrada temporal a una casa que nunca dejó de ser hogar.

Fotografía: Montserrat Vela
Max Cetto, arquitecto alemán que colaboró estrechamente con Barragán, fue el primero en decidir habitar este territorio. Su casa no solo inauguró el fraccionamiento, sino que también estableció una manera particular de construir sobre la lava: no imponer la arquitectura al sitio, sino permitir que ambas coexistieran.
Desde la llegada, la presencia de la piedra volcánica determina la experiencia. La casa no intenta ocultarla ni modificarla; por el contrario, descansa sobre ella. La roca aparece constantemente en el terreno, en los jardines y en la relación entre los espacios interiores y exteriores. La arquitectura parece apoyarse ligeramente sobre el paisaje, aceptando las condiciones del lugar en vez de transformarlas.
El terreno original fue posteriormente dividido, modificando la extensión inicial del proyecto. Sin embargo, la relación entre la vivienda y el paisaje permanece intacta. La obra sigue dialogando con el entorno de una manera que resulta poco común incluso dentro de la arquitectura moderna mexicana.
La influencia del modernismo europeo es evidente en la claridad espacial y la organización funcional de la casa, aunque Cetto se aleja de una aplicación estricta de sus principios. Su arquitectura incorpora materiales locales, técnicas artesanales y una comprensión profunda del paisaje mexicano. La obra puede leerse como un punto de encuentro entre el racionalismo europeo y las condiciones específicas del Pedregal.
Diversas influencias aparecen de manera sutil a lo largo del recorrido. Figuras como Frank Lloyd Wright, Richard Neutra, Walter Gropius o Juan O'Gorman forman parte del universo arquitectónico que rodea la casa. Particularmente evidente resulta la afinidad con Wright en la manera de recorrer el espacio. Existen múltiples trayectorias para llegar a un mismo lugar, permitiendo que la experiencia doméstica sea flexible y menos rígida. Los recorridos nunca son completamente lineales; el usuario puede elegir distintos caminos entre interiores, patios y terrazas.
La separación entre las áreas públicas y privadas está cuidadosamente resuelta. Las zonas familiares se distinguen claramente de los espacios íntimos, aunque sin recurrir a divisiones abruptas. La transición ocurre gradualmente mediante cambios de nivel, patios, terrazas y circulaciones.

Fotografía: Montserrat Vela
Uno de los aspectos más interesantes de la casa es la importancia otorgada a los espacios exteriores. La sala al aire libre se convirtió en uno de los principales lugares de convivencia familiar. Muchas de las actividades cotidianas ocurrían en el exterior, aprovechando el clima y la relación constante con el jardín.
Dos terrazas conectadas funcionan como una extensión de los espacios interiores. Incluso desde dentro de la casa, la presencia del exterior permanece constante. Grandes ventanas, aperturas y cambios de nivel eliminan la sensación de límite entre arquitectura y paisaje. La vivienda parece expandirse hacia el jardín y el jardín penetra continuamente en la casa.
El propio jardín constituye una parte fundamental del proyecto. Además de las especies endémicas del Pedregal, el paisaje incorporó plantas provenientes de distintas partes del mundo, muchas de ellas introducidas por la esposa de Max Cetto. El resultado es una colección vegetal diversa donde conviven especies locales y extranjeras.
Durante la visita es posible encontrar café, lavanda, arúgula, jitomate, limoneros y otras plantas que refuerzan el carácter doméstico del lugar. El jardín no funciona únicamente como elemento ornamental, sino como una extensión de la vida cotidiana.
La permanencia de objetos y muebles originales también contribuye a la atmósfera de la casa. Una antigua mesa utilizada para preparar chocolate permanece dentro de la vivienda, recordando que la arquitectura no puede separarse de las actividades que alberga. Más allá del valor patrimonial del edificio, son estos elementos cotidianos los que permiten comprender la dimensión humana del proyecto.
La autoría de la casa también revela una historia particular. Debido a que Max Cetto no contaba con la cédula profesional necesaria para firmar proyectos en México, la vivienda aparece firmada conjuntamente por Juan O'Gorman y Cetto. Esta circunstancia administrativa no disminuye la autoría del arquitecto alemán, pero sí evidencia las complejidades de su práctica profesional al llegar al país.
En el segundo nivel se encuentra el estudio donde Cetto trabajaba. El espacio conserva una atmósfera íntima y silenciosa. Sobre el techo aparece un mural cargado de simbolismo: los signos zodiacales de sus hijas rodean la composición, mientras que en el centro se encuentra el símbolo utilizado por un arquitecto medieval en sus manuscritos. El dibujo funciona como una especie de universo personal plasmado sobre la arquitectura, incorporando referencias familiares, profesionales y espirituales.

Fotografía: Montserrat Vela
La casa permanece hoy relativamente oculta. Nunca fue concebida como un museo y continúa siendo un espacio privado. Quizá precisamente por ello conserva una autenticidad difícil de encontrar en otras obras de la arquitectura moderna.
Jardines del Pedregal, que durante décadas permaneció aislado y protegido, terminó siendo absorbido por el crecimiento de la ciudad. Lo que alguna vez fue un paisaje periférico hoy se encuentra rodeado por avenidas, desarrollos y una intensa actividad urbana. Sin embargo, al cruzar la puerta de la casa de Max Cetto, esa ciudad parece desaparecer momentáneamente.

Fotografía: Montserrat Vela
La visita permite comprender que la relevancia de la obra no reside únicamente en haber sido la primera casa del Pedregal ni en su valor histórico dentro de la arquitectura moderna mexicana. Su importancia radica en demostrar que la arquitectura puede establecer una relación respetuosa con el sitio, permitir que la naturaleza participe en la vida doméstica y construir espacios capaces de seguir siendo habitados más de setenta años después.
Más que una obra conservada, la casa de Max Cetto continúa siendo una casa vivida. Y quizá sea precisamente esa condición la que la convierte en una de las lecciones más vigentes del Pedregal.






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