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La pérdida de carácter en el diseño

  • Foto del escritor: FundarqMx
    FundarqMx
  • hace 4 días
  • 8 min de lectura

Por: Maryjose Treviño


Parte I

Una reflexión sobre cómo diseñamos, qué hemos ganado con la eficiencia y qué hemos estado perdiendo en el camino.


Cada vez más se habla sobre cómo el diseño y la arquitectura han perdido parte del carácter que alguna vez los representaba. Desde objetos cotidianos con detalles y personalidad, hasta edificios reconocibles y espacios que buscaban provocar algo más que cumplir una función.


Actualmente es muy común encontrarnos con soluciones cada vez más simples, estandarizadas y similares entre sí. Pero esta transformación no necesariamente significa que antes se diseñara mejor. La eficiencia, la producción en serie, la economía de recursos y la búsqueda de soluciones universales también han permitido hacer las cosas cada vez más accesibles, prácticas y funcionales. Pero ¿qué hemos estado ganado con esta evolución y qué hemos dejado atrás? ¿En qué momento dejamos de diseñar para algo más allá de ser funcional?


Esta serie de artículos parten de esas preguntas. No busca defender el ornamento ni idealizar el pasado, sino observar cómo han cambiado nuestras decisiones al momento de diseñar y qué ocurre cuando la función, la eficiencia y la neutralidad comienzan a ocupar casi todo el espacio.


01. EL DISEÑO COTIDIANO

Función, eficiencia y el valor del ornamento

Hay cosas que usamos todos los días y que rara vez nos detenemos a mirar. Una puerta, un barandal, una banca o una lámpara forman parte de nuestro entorno de manera tan natural que dejamos de preguntarnos por qué son como son, e incluso si detrás de ellas existe una intención de diseño.


Pero que hayamos dejado de mirarlas no significa que hayan dejado de estar diseñadas. Detrás de cada una existe una serie de decisiones, una forma, un material, una proporción y una textura que determinan no solo cómo funcionan, sino también cómo las percibimos y cómo interactuamos con ellas. Estas decisiones forman parte del diseño cotidiano y tienen un papel importante en nuestra experiencia diaria, incluso aun cuando dejamos de percibirlas.

Aquí aparece una cuestión difícil de ignorar: si el diseño cotidiano actual es cada vez más discreto, más simple y fácil de pasar por alto, ¿qué entendemos entonces por un buen diseño?


La comparación con el pasado resulta inevitable para entender cómo han cambiado nuestras prioridades al momento de diseñar. Durante mucho tiempo, los objetos y elementos cotidianos incorporaron detalles y niveles de elaboración que hoy podrían parecer excesivos para algo tan común. Barandales con motivos decorativos, puertas con molduras, luminarias ornamentadas e incluso objetos de uso doméstico mostraban una atención por la forma y detalle que iba más allá de resolver únicamente su función.



Hoy, en cambio, gran parte del diseño cotidiano tiende hacia la simplificación de formas, la ausencia de ornamentación y una búsqueda constante por encontrar soluciones cada vez más eficientes. Esta transformación también ha despertado una preocupación por la pérdida de carácter en aquello que usamos todos los días, hasta el punto de hablar de una especie de “muerte lenta” del diseño cotidiano.


Sin embargo, más que una desaparición del diseño se trata de una transformación en la manera en la que diseñamos y en aquello que esperamos de las cosas que nos rodean. No es que antes se diseñara mejor y hoy peor; esta evolución responde a la época en la que vivimos y a las nuevas formas de producir y consumir.


Tampoco se trata de afirmar que un objeto estaba mejor diseñado simplemente por estar más ornamentado. Un barandal cumple la misma función esté ornamentado o no, una luminaria no ilumina mejor por tener más detalles y lo mismo ocurre con una puerta o con cualquier otro elemento cotidiano. La función puede permanecer prácticamente intacta, aunque su nivel de ornamentación cambie por completo.


Pero eso no significa que aquellas decisiones fueran irrelevantes. Muchos de esos detalles, aunque no fueran indispensables para cumplir una función, aportaban algo más: hacían que las cosas fueran reconocibles, particulares y llenas de carácter. La discusión, entonces, no debería centrarse en cuál de estas formas de diseño es mejor, sino en qué más puede aportar un diseño cuando no se limita únicamente a cumplir una función.


MÁS DE LO NECESARIO

Durante mucho tiempo, la función no fue el único criterio al momento de diseñar. La forma también podía responder a una época, una cultura, un oficio, un material o una manera particular de entender la belleza. Un objeto podía resolver una necesidad y, al mismo tiempo, expresar algo. La forma no está siempre determinada únicamente por la función; una misma función puede tomar muchas formas.


Por lo tanto, la función establece ciertas condiciones, pero deja un espacio para decidir cómo queremos que algo se vea, se sienta, se utilice y se relacione con su entorno. Esto es importante porque permite entender que aquello que hoy puede parecer un ornamento “innecesario” no necesariamente carece de sentido, ya que puede hacer que tanto los objetos como los espacios sean reconocibles y adquieran una identidad propia.


Sin embargo, la manera de producir también determina qué tan amplio es ese espacio para decidir. Con la industrialización, la producción comenzó a responder a nuevas necesidades de escala, costo y eficiencia. La posibilidad de fabricar objetos en grandes cantidades transformó la relación entre el diseño y producción.


No es casualidad que fuera justo en ese momento cuando el ornamento empezó a verse como un problema. En 1908, el arquitecto Adolf Loos publicó Ornamento y delito, un ensayo en el que argumentaba que decorar un objeto era, literalmente, un desperdicio de tiempo, de material y de mano de obra. Para Loos, un objeto bien diseñado no necesitaba adornarse a sí mismo para justificar su existencia. Fue una idea radical en su momento, pero también profundamente coherente con lo que la industria empezaba a exigir: menos detalles, más piezas y mayor velocidad.


La simplificación, entonces, no apareció de la nada; fue también una respuesta a nuevas necesidades. Si antes un objeto podía producirse de manera individual y requerir horas de trabajo, la producción en serie necesitaba que sus piezas fueran más fáciles de fabricar, ensamblar y reemplazar. La forma entonces comenzó a responder no solamente al usuario, sino también a un sistema de producción.


Esta nueva manera de producir hizo posible que los objetos fueran más accesibles, fáciles de fabricar y de mantener. La eficiencia trajo consigo beneficios evidentes pero esa misma búsqueda también comenzó a cuestionar todo aquello que no fuera indispensable para que un objeto funcionara. Como los detalles, la ornamentación y decisiones particulares que podían significar más tiempo de fabricación, mayores costos, procesos más complejos y más mantenimiento; y así, poco a poco, todo aquello que no era necesario comenzó a parecer prescindible.


Cuando un mismo objeto debe repetirse cientos, miles o millones de veces, cada decisión que dificulta su fabricación adquiere un costo. La forma comienza a simplificarse no necesariamente porque el detalle haya dejado de tener valor, sino porque resulta más difícil justificarlo dentro de un sistema que premia la rapidez, la eficiencia y la repetición. Por lo tanto, diseñar para producir en serie también significa diseñar para replicar; y replicar implica reducir la complejidad para hacer que una pieza pueda producirse de manera eficiente.


Con el tiempo, esta lógica dejó de estar limitada a la producción y comenzó a extenderse a nuestra manera de vivir. Nuestra época tiene una obsesión particular con la inmediatez. Queremos edificios que se construyan más rápido, espacios que requieran menos mantenimiento, recorridos más eficientes y productos que puedan producirse en serie.


Buscamos que todo sea eficiente, inmediato y fácil de reemplazar. Incluso nuestra relación con los objetos ha cambiado. Vivimos rodeados de productos diseñados para ser actualizados, sustituidos y olvidados. Las redes sociales aceleran las tendencias y lo nuevo desplaza constantemente a lo anterior. En medio de esta velocidad, aquello que requiere tiempo, detalle y cuidado comienza a parecer menos necesario.


En este contexto, diseñar parece significar cada vez más resolver en el menor tiempo posible.

Que algo funcione.

Que sea fácil de usar.

Que pueda repetirse.

Que pueda reemplazarse.


Llamamos progreso a todo aquello que nos ahorra tiempo. Pero ¿qué hacemos en realidad con todo ese tiempo que estamos intentando ahorrar?


LO QUE QUEDA

El problema no está en buscar eficiencia o funcionalidad, sino en convertirlas en los únicos criterios para diseñar. Porque cuando todo aquello que no es indispensable para la función comienza a considerarse innecesario, también corremos el riesgo de eliminar aquello que hacía que un objeto o espacio fuera especial.


No se trata necesariamente de defender el ornamento o la complejidad, sino de reconocer que no todo aquello que va más allá de la función es innecesario. A veces, son precisamente esas decisiones de diseño las que permiten que un objeto trascienda su función y adquiera un significado propio.


En México encontramos un ejemplo muy claro de esto. Basta con ver una banca de hierro fundido pintada de verde, con el respaldo cubierto de filigrana y un medallón al centro, para saber de inmediato en qué país estamos. No hace falta conocer su origen ni sus fabricantes, basta con haberla visto antes para reconocerla como algo propio. Es un diseño que, sin que nadie lo planeara del todo, se volvió sinónimo de plaza mexicana; su forma terminó convirtiéndose en una referencia que todos los mexicanos reconocemos y asociamos casi de manera inmediata. Y eso es justamente lo que la distingue de una banca cualquiera. No es que tenga más o menos ornamento, sino que ese ornamento específico se volvió parte de una identidad compartida y en algo que reconocemos colectivamente.


Bancas públicas de la Ciudad de México, elaboradas por prisioneros de Lecumberri.

Foto: Ciudadanos en Red.


Entonces, el carácter de un objeto no depende de cuánto ornamento tenga, sino de lo que logra representar. Puede adquirir un significado propio, relacionarse con un lugar y generar un vínculo con quienes lo utilizan. Y quizá ahí está una de las pérdidas más difíciles de medir cuando diseñamos únicamente desde la eficiencia. Porque cuando la función se convierte en el único criterio, terminamos diseñando objetos que pueden funcionar perfectamente, pero que carecen de un significado para nosotros y no logran representar nada más allá de su propia utilidad.


Y eso tampoco significa que cada objeto necesite ornamentación para ser memorable. No todo tiene que llamar nuestra atención ni todo necesita ser distinto. Hay cosas que simplemente tienen que funcionar, y está bien que así sea. Una forma sencilla puede tener tanta intención como una ornamentada. La simplicidad no implica necesariamente ausencia de carácter; también puede ser el resultado de una decisión consciente sobre qué conservar, qué eliminar y qué expresar. Lo que importa, entonces, no es cuántos elementos tiene un objeto, sino si detrás de su forma existe una intención capaz de darle carácter y significado.


Por lo tanto, diseñar implica también tomar decisiones sobre cómo queremos que los objetos que nos rodean se relacionen con nosotros y con el lugar que ocupan. Cuando la eficiencia se convierte en el único criterio, existe el riesgo de producir soluciones que pueden repetirse y optimizarse, pero que, a su vez pueden caer en la generalización y en la monotonía.


Esta tendencia no se limita al diseño cotidiano; también se traslada a la arquitectura. Cuando la búsqueda de eficiencia produce objetos y espacios que podrían estar en cualquier lugar, nuestro entorno comienza a volverse intercambiable. Con ello también perdemos pequeñas oportunidades de construir identidad, memoria y relación con aquello que habitamos.


Por eso, además de preguntarnos si algo funciona, también vale la pena preguntarnos qué relación establece con su entorno y qué experiencias produce en quienes lo habitan. Si la función, la forma y la eficiencia no son lo único que define un buen diseño, entonces, ¿qué más estamos buscando cuando diseñamos?


Quizá una respuesta está en el carácter. Pero ¿qué hace que algo llegue a tenerlo?



REFERENCIAS


Ciudadanos en Red. " Bancas públicas de CDMX elaboradas por prisioneros de Lecumberri" Consultado en 2026. https://ciudadanosenred.com.mx/finsemaneando/estas-bancas-las-hicieron-presos-delecumberri/

 
 
 

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